Canciones en La Habana

Foto: El País / Iván Alvarado (Reuters)

Foto: El País / Iván Alvarado (Reuters)

 

Apenas unos días han separado la visita a Cuba del presidente estadounidense Barack Obama y el concierto en La Habana de The Rolling Stones. Todo un desembarco anglosajón en la isla, cuyos habitantes parecen ver luces entre los cortinones tupidos corridos y cosidos desde dentro y los capazos de aislamiento arrojados desde el exterior.

The Rolling Stones son el símbolo de los cambios que parecen llegar a la isla, imparables y también inciertos. Habrá que ver hacia dónde llevan y en qué escala llegan a materializarse, pero resulta conmovedor que decenas de miles de isleños miren por esa ventana atronadora que abre brecha en décadas de inmovilismo y mira hacia el futuro. Una vieja banda de viejos rockeros simbolizando el cambio en Cuba es un encuentro entre viejos: ellos por encima de los setenta años, los hermanos Castro sobrepasando los ochenta. El futuro en libertad de Cuba quizá se canta en el concierto, pero podría negociarse jugando a la petanca, un juego adorado por los senior.

En noviembre de 1989 fue Mstislav Rostropovich quien, tocando la zarabanda de la Suite número 2 de Bach de espaldas al muro de Berlín, simbolizaba su demolición y denunciaba la inhumanidad de tantos años de insoportable presencia. En 2016 son The Rolling Stones quienes, al actuar en La Habana, recuerdan la necedad e injusticia del muro oceánico que levantaron tanto las inmovilistas manos de la revolución como las marmóreas manos del aislamiento.

Y en el centro, siempre, la música.

 

Mstislav Rostropovich, Berlín 1989

Mstislav Rostropovich, Berlín 1989

Sinfónica de Euskadi: los estados de la materia

Richard Strauss. Foto: Edward Steichen

Richard Strauss. Foto: Edward Steichen

Publicado en Mundoclasico el 23 de marzo de 2016

Bilbao, viernes 4 y 5 de marzo de 2016. Festival Musika-Música, Euskalduna Jauregia. Orquesta Sinfónica de Euskadi. José Miguel Pérez Sierra, director. Richard Wagner: Preludio y muerte de Isolda; Obertura de Tannhäuser. Richard Strauss: Muerte y transfiguración, opus 24; Así hablaba Zaratustra, opus 30. Aforo: 2164. Ocupación: 90%.

Una de las características del festival bilbaíno Musika-Música es que los conciertos son breves y se suceden a una velocidad endiablada, y ese ritmo hace necesario que los intérpretes estén muy centrados desde el primer compás. Estos comentarios aluden a dos conciertos ofrecidos en dos días consecutivos, no a un solo programa. En ese contexto, “Preludio y muerte de Isolda” es una obra especialmente exigente para abrir programa, porque precisa de entrega y concentración, calidad interpretativa y gran solvencia e intención en la batuta. La Sinfónica de Euskadi está en una fase dulce, y desde los primeros compases quedó claro que es un instrumento lo suficientemente profesional y maduro como para hacer bien  “Preludio y muerte de Isolda” bajo los severos condicionantes de un festival tan peculiar como Musika-Música. Pero aunque con los pasillos del auditorio hechos un hervidero, apagada la luz se hizo el silencio, y desde el silencio surgían las primeras notas de un Wagner de una belleza casi obscena que contaba con una buena orquesta, pero con un maestro que no redondeó su trabajo ni en el “Preludio y muerte de Isolda” una tarde ni en la “Obertura de Tannhäusser” a la mañana siguiente, y que en cambio sí estuvo mejor con las dos obras de Richard Strauss.

Pérez Sierra pareció ser víctima de cierto temor reverencial hacia el imponente preludio y muerte wagneriano. Su versión fue lenta y dulcificada, pulcra y aseada, pero la obra es tan grande que bajo esa piel tan lavada seguía latiendo una sustancia insondablemente arrebatada y turbia, en la que se funden y confunden el amor sin fin y el supremo egoísmo, la lucidez y la demencia. En la versión de Pérez Sierra tales antagonismos se percibían como provenientes de dos organismos distintos, no cohesionados, y la interpretación fue buena, pero evanescente e insatisfactoria. Lo mismo vale para la obertura de Tannhäuser, de nuevo un ejercicio de control y contención, y de nuevo falta de arrebato y capacidad –o voluntad- de contagio. Un Wagner líquido y por momentos gaseoso.

Con “Muerte y transfiguración” y “Así hablaba Zaratustra” vimos a un maestro distinto, mucho más cómodo con el material y más próximo y aparentemente más seguro pincelando Strauss que cincelando Wagner, quizá porque Wagner trabaja en una escala próxima al manifiesto, mientras que Strauss escribe en una escala cercana al relato, y es más humano y cotidiano. Por su parte en el primero de los poemas la OSE estuvo muy bien, con unas cuerdas excelentes y un conjunto perfectamente equilibrado, mientras que el Zaratustra resultó algo desigual. Es cierto que las cuerdas –de nuevo las cuerdas- delinearon maravillosamente los laberintos straussianos, y que no se percibió el más mínimo decaimiento en toda la interpretación, con Pérez Sierra entonado y preciso y la orquesta convenientemente entregada en cada uno de sus elementos, pero en esta segunda obra intervenía el colosal órgano del Palacio Euskalduna y quizá no aportó a la obra toda la fuerza y el ímpetu deseables. No lució y, lo que es peor, no contribuyó a texturizar este gran poema sinfónico con su muy significativa y elocuente voz. Pero hecha esta salvedad, y apuntando a que quizá la rápida sucesión de ensayos y conciertos propia de Musika-Música dificultó que se profundizara más en el crítico encuentro de la orquesta con el órgano antes del concierto (es una hipótesis), la OSE demostró con las obras de Richard Strauss que ahora mismo es una orquesta de alto nivel, proporcionando un trabajo perfectamente expuesto y sólido. Lástima las precauciones del maestro con Wagner, cuya carnalidad sublimada no llegó a disfrutarse plenamente.

Camerata RCO y Lucas Macías: abiertos al placer

Lucas Macías

Lucas Macías

 

Publicado en Mundoclasico el 11 de marzo de 2016

Bilbao, viernes 4 de marzo de 2016. Festival Musika-Música, Euskalduna Jauregia. RCO Camerata. Lucas Macías, oboe y director. Richard Wagner: Idilio de Sigfrido, WWV 103. Richard Strauss: Concierto para oboe, opus 144 . Aforo: 613. Ocupación: lleno.

Varios conciertos abrían simultáneamente la edición 2016 del popular festival Musika-Música a las 6 de la tarde del 4 de marzo, y uno de ellos reunía a la Camerata RCO y al oboísta y también director Lucas Macías. En el programa dos obras maravillosas, y en las butacas, llenando a rebosar la sala, un público muy cálido y propio de un festival de clara y orgullosa vocación multitudinaria.

El Idilio de Sigfrido lo interpretaron los miembros de la Camerata RCO, una formación integrada por profesores y profesoras de la Royal Concertgebouw, con la orquestación original creada por Wagner para regalar a su amada Cosima en la legendaria mañana de Navidad de 1870. Fue un verdadero regalo para los oídos. Los trece miembros de la Camerata ofrecieron un Idilio que era, a la vez, la rendición ante el amor, su sincero reconocimiento y la promesa vinculante de una futura vigencia, es decir un amor muy wagneriano, con cada instrumentista mostrando su soberbia calidad y al mismo tiempo su total dependencia respecto del conjunto: un monumento ciento por ciento camerístico, resultando la obra más moderna y radical que en la orquestación de 1878 o en versiones frecuentes con orquestas aun más grandes. Excelente el quinteto de cuerdas, gran desempeño de las trompas y, en conjunto, una Camerata RCO que con Macías dirigiendo favorecía el goce y la transmisión desbordante de la obra por encima de una perfección sonora pulcra y encapsulada. La música era una cita abierta con el placer (placer: sin duda un valor también muy de Wagner) y el público la acogió con un calor admirable.

Acto seguido la Camerata salió al pleno para acompañar al director Lucas Macías como oboísta del delicioso concierto de Strauss, tan perfecto, maduro e inevitablemente franco y mozartiano. Todo fue exquisito, luminoso y placentero, con Lucas Macías invitando a los y las miembros de la Camerata a disfrutar y haciendo su parte solista con una facilidad y un preciosismo deslumbrantes. Despreocupado por las notas, Macías se gustaba en la música, como la Cmerata: es algo que exige este concierto en el que se sumaron de forma íntima, al desnudo, la categoría y exquisitez de los intérpretes y la predisposición de un público abierto y deseoso de disfrutar. Esa convergencia no es frecuente, y resultó francamente estimulante y absolutamente coherente con el breve y gran programa.

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